sábado, 25 de janeiro de 2014

1914: El fin de la Belle Epoque

Por Michel Winock

A lo largo de 2014 y años venideros se irá conmemorando el centenario de la mayúscula catástrofe inaugural que sumió a Europa y buena parte del mundo en los infiernos del siglo XX. En el aniversario de la Primera Guerra Mundial, también Sin Permiso irá reproduciendo bajo el epígrafe de “1914” artículos y trabajos que reflejen el sentido de las conmemoraciones, las polémicas de los historiadores y el debate ideológico. (SP)


Bella, desde luego, no lo fue para todos. Pero esta edad de oro de la burguesía supuso un periodo de una creatividad excepcional. El gran historiador francés Michel Winock relata lo que fueron estos tiempos, cuya nostalgia no dejará de cultivar la Francia de postguerra, en una entrevista con Claude Weill para el semanario parisino Le Nouvel Observateur.     

Le Nouvel Observateur - ¿Existió la Belle Epoque? ¿O es un mito, una ilusión retrospectiva?

Michel Winock – Un mito, si se quiere, porque esta época no fue bella para todo el mundo. La protección social era débil, las desigualdades considerables, la esperanza de vida al nacer no superaba los 50 años…Buen número de índices nos sugieren que esta “bella época” fue sobre todo la de una burguesía triunfante cuya felicidad no era muy compartida por los mineros de Carmaux o los obreros del textil de Roubaix.  

¿De cuándo data la expresión misma?

Nace tras la gran matanza del 14-18. La Belle Epoque era, en primer lugar, la preguerra: los años de vida, por oposición a los años de muerte. Las viudas, los huérfanos, los mutilados, los supervivientes de la catástrofe, en resumen, todos los franceses tenían alguna razón para pensar que había un “antes” del gran drama asesino. Y luego, los años que siguen a la paz de Versalles son años difíciles, el franco se hunde y con él los ahorros, la inflación es galopante, el aparato productivo ha quedado devastado, las privaciones se imponen…Entonces sí, ¡fueron hermosos los años de la preguerra! Sin embargo, más allá de esta explicación, mecánica en suma, la expresión se justifica por los hechos, las creaciones, las invenciones, una cierta situación de las costumbres que debemos tener en cuenta: está el mito, pero también una quincena de años excepcionales. En eso es en lo que la leyenda de la Belle Epoque tiene un fondo histórico.

Sigamos por un momento en el mito: una sociedad desigual, dice usted…

Francia sigue siendo entonces un país enormemente rural. Hace falta esperar al censo de 1931 para que la población urbana supere numéricamente a la población rural. ¡Y tanto! Se llamaba ciudad a una aglomeración de más de 2.000 habitantes. La preponderancia del campesinado no debe enmascarar su naturaleza jerárquica: 150.000 propietarios poseen el 45% de la superficie agrícola. El mayor número lo constituyen los pequeños propietarios, cuya situación es a menudo mediocre y precaria, dependiendo de la coyuntura. La revuelta de los viticultores del Midi en 1907 muestra la fragilidad de las economías agrícolas. En lo más bajo de la escala, los parias: asalariados agrícolas, jornaleros, sirvientes. Paralelamente, no ha dejado de crecer el número de obreros industriales. Son cerca de 5 millones en 1914, o sea, un tercio de la población activa. Pero su concentración es todavía débil: sólo el 10% trabaja en fábricas de más de 500 asalariados. La evolución va, con todo, en el sentido de esta concentración: Renault, que daba empleo a 110 personas en 1900 cuenta con 4.400 en 1914. Como media, el salario real anda a la baja a partir de 1905, lo que explica en parte los movimientos sociales violentos a partir del año siguiente. El paro sigue siendo consubstancial a la condición obrera: paro endémico, estacional, coyuntural, ¡y sin ninguna garantía contra el mismo! Sin duda, el conjunto del mundo obrero ha salido de la miseria, pero sigue careciendo de seguridad, aunque se voten algunas leyes sociales en el curso de este periodo: la ley de descanso dominical en 1907, la ley sobre retiro obrero en 1910…¡Estamos todavía lejos del Estado del Bienestar!       

En resumen, una bonita época para los que tienen…

Lo que en efecto llama la atención de esta sociedad es el reinado no compartido de la burguesía. Compuesta aproximadamente de un millón de personas, no sólo posee las palancas de la producción económica sino que impone también su modelo de civilización, monopoliza la cultura letrada, domina los medios de comunicación –los periódicos-, fija las reglas de la condición femenina y de la vida familiar. El aspecto positivo es que constituye lo que Veblen ha llamado la “clase ociosa”. Al disponer de capital, al contrario que los campesinos y obreros, fomenta el desarrollo de los deportes, el auge del automóvil, las artes y las letras. Pero, en su totalidad, insisto, la sociedad de esta época es una sociedad vivamente en contraste, jerarquizada, desigual, nada como para estar contento como no sea echando la vista atrás a lo que la precedió: los franceses viven a buen seguro mejor bajo M. [Armand] Fallières [presidente de la República entre 1906 y 1913] que bajo Luis Felipe.      

Es también la época de los grandes inventos: los que anuncian el nuevo siglo…

Sí, ¡una profusión triunfal de creaciones! La Exposición Universal de París, en 1900, parece dar el impulso de arranque a los inventos y desarrollos técnicos. La primera línea de metro atraviesa la capital. El "hada Electricidad" está llamada a transformar la industria y la vida cotidiana. El cine, que nació en 1895, se convierte en el gran arte popular, en el que Louis Feuillade se impone a Georges Méliès. Los automóviles surcan las carreteras de Francia. Enseguida la aeronáutica apasiona a las multitudes; Blériot realiza la primera travesía del Canal de la Mancha en 1909 y Roland Garros, la del Mediterráneo en 1913.  

Y París, capital de las artes y las letras: ¿otro mito?

¡Claro está que no! París se convierte en la Ciudad-Luz, la que atrae a escritores y artistas del mundo entero: Picasso, Chagall, Stravinsky y los ballets rusos…En París es donde se libra la gran batalla entre el arte académico, que ocupa todavía las instituciones, y las vanguardias: el fauvismo, el cubismo, el futurismo…

Los cafés de Montparnasse son los cuarteles generales de artistas y escritores de todas las nacionalidades. La vida teatral es intensa. En los bulevares se aplauden la puesta en escena de [André] Antoine, las piezas de Claudel, [Jacques] Copeau crea el Vieux Colombier. Pensemos asimismo en el gran florecimiento musical que conoce Francia, con Debussy, Satie, Ravel…En el Collége de France, hay codazos por escuchar a Bergson. La literatura vive uno de sus momentos más fastuosos: fundación de la Nouvelle Revue Française, en torno a André Gide, creación del Premio Goncourt, rivalidad entre Maurice Barrès y Anatole France, resplandores de Charles Péguy y Leon Bloy, aparición de Guillaume Apollinaire, descubrimiento de Alain-Fournier y de Marcel Proust…Se puede hablar de una luz cegadora de la Belle Epoque.

En el terreno político es también una época de debates intensos. ¿La Belle Epoque supone a la vez el apogeo de la burguesía y el poderoso ascenso del socialismo?

De hecho, el movimiento socialista conoce un auge considerable. El año 1905 ha sido testigo de la creación de la SFIO [Sección Francesa de la Internacional Obrera, el socialismo francés], sobre la base de las tesis guesdistas [de Jules Guesde] que, en nombre de la lucha de clases, prohibían a un socialista participar en un gobierno burgués. Pero Jaurès, aparentemente derrotado por Guesde, no deja por ello de ser menos la gran figura de un partido socialista al que convence de la "evolución revolucionaria": conservar la revolución en la cabeza, pero aceptar y promover todas las reformas sociales, que, lejos de debilitar el dinamismo revolucionario, no pueden más que aguijonearlo.   

Sin embargo, el socialismo de partido debe contar con su rival, el sindicalismo revolucionario de la CGT, que es otra forma de socialismo, pero separada de prácticas partidistas, parlamentarias y electorales. Este sindicalismo de acción directa, cuyos principios se reafirman en el congreso de Amiens de 1906, contempla la revolución por medio de la huelga general. La separación entre partido y sindicato impide la formación de una socialdemocracia a la alemana. Jaurès no cejará en su búsqueda de una alianza entre los dos movimientos; lo logra parcialmente en la gran campaña contra la ley del servicio militar de tres años, que es también una campaña contra la guerra. En las elecciones de 1914, la SFIO consigue un centenar de diputados elegidos para la Cámara, y es una fuerza con la cual han de contar las demás formaciones de izquierda, empezando por los radicales  

Sin embargo, la pasión nacionalista está viva

Es incontestable que el nacionalismo no es una pasión extinguida a comienzos del siglo XX. Pero el nacionalismo exacerbado xenófobo y antisemita del asunto Dreyfus ha perdido mucho de su vigor. Desde luego, la Acción Francesa se mantiene en esta filiación, pero en la derecha se afirma otra forma de nacionalismo, encarnada por una nueva generación intelectual que ilustra la encuesta aparecida en 1912 bajo el pseudónimo de Agathon y titulada “Los jóvenes de hoy en día”. Dicha encuesta nada tiene de científica, pero la corroboran en parte otras encuestas del mismo género en la prensa. En ellas se expresa un nacionalismo belicista, el gusto por el deporte, por la disciplina y el mando, un retorno al catolicismo…Hay periplos individuales que completan estos testimonios, sobre todo los de los antiguos dreyfusards [Charles] Péguy y [Ernest] Psichari, vueltos a la fe cristiana y que hacen apología de la guerra. 

Más que nacionalismo, Francia está henchida de patriotismo. La batalla en torno a la  ley de tres años de servicio militar no debe ocultar la de un Jaurés que predica contra sus adversarios no el antipatriotismo, como ciertos anarquistas, sino una reforma militar destinada a crear un ejército de ciudadanos, organizado en función de la defensiva. En L´Armée Nouvelle [El nuevo ejército], expone esta idea y hace apología, contra Marx, de la idea de patria, incluyendo a los proletarios. Concurren la unificación del territorio gracias a los transportes modernos, la escuela obligatoria, el servicio militar, los grandes diarios y la literatura popular para formar una consciencia nacional. Julien Benda escribirá que nunca se sintieron los franceses pertenecer a una misma nación como en 1914.    

Así pues, es el ¡Viva Déroulède y “abajo los boches”! ¿No está obsesionada la Francia de entonces con la cuestión de Alsacia-Lorena?

Es más complejo. El recuerdo de Alsacia-Lorena, desde luego, sigue estando vivo. En enero de 1913, [Gabrielle] Réjane pone en escena en su teatro una pieza mediocre de Gaston Leroux, Alsace, que obtiene un gran éxito. Los hechos de Saverne, en 1913, cuando un oficial alemán la emprende con reclutas alsacianos e insulta a la bandera francesa, suscitan una gran oleada de emoción. Y sin embargo, en un clima electrizado por las crisis franco-alemanas de 1905 (Tánger) y de 1911 (Agadir), la voluntad de una guerra de revancha contra la Alemania victoriosa de 1871 no es perceptible más que en grado muy débil. De hecho, nadie o casi nadie cree en la guerra. La muerte, a principios de 1914, de Paul Déroulède, profeta de la revancha, es como un símbolo. Cuando sucede el atentado de Sarajevo, los diarios en absoluto pronostican un conflicto armado: consagran sus portadas del mes de julio al proceso de la señora Caillaux, asesina del director de Le Figaro.   

Desde hace cuarenta años, Francia se dedica a escuchar a las sirenas de la paz: ha superado sucesivas crisis internacionales, primero con los ingleses, luego con los alemanes; ni siquiera las guerras balcánicas, en 1913, han hecho estallar Europa. Únicamente el ultimátum de Austria-Hungría a Serbia, el 23 de julio de 1914, es el que, de un solo golpe, hace sonar las alarmas. Cinco días más tarde, Austria-Hungría declara la guerra a Serbia. Se desencadena el engranaje infernal de las alianzas. La Belle Epoque se termina.

Michel Winock (1937), profesor universitario y especialista en la historia de la República Francesa, así como de los movimientos intelectuales, el nacionalismo, el fascismo y la extrema derecha, es autor, entre otras muchas obras, de Siècle des intellectuels (Seuil, Premio Médicis de ensayo, 1997), La Belle Epoque: la France de 1900 à 1914 (Perrin, 2002) y Clemenceau, (Perrin, 2007).

Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón


FONTE: Sin Permiso

sexta-feira, 24 de janeiro de 2014

A questão do Estado operário no marxismo

Por Milton Pinheiro
O texto de György Lukács, “O Estado como arma”, entra, de forma seminal, no debate sobre os conselhos operários apresentando uma posição: o cenário da luta de classes cresce e compreende o conjunto desbloqueado dos espaços onde ela pode se revelar, contribuindo, assim, para explodir as cidadelas do Estado e suas fronteiras. Na posição de Lukács, agora se luta contra o Estado, mas também o Estado se manifesta enquanto “arma da luta de classes”.
O filósofo húngaro localiza em Marx e Engels, distanciando-os dos oportunistas da Segunda Internacional, a tese de que a questão do Estado é extremamente relevante para as possibilidades da re­volução proletária, utilizando-se dessa abordagem como referencial para enfrentar a “essência revolucionária” de sua época. Lukács qualificou os pensadores reformistas do período em questão como sendo aqueles que capitularam ao modelo de Estado desenvolvido na sociedade burguesa, e essa crítica se dirige essencialmente a Kautsky e a Bernstein.
Neste texto inédito encontramos, ainda, a notável influência de Lenin. Lukács reconhece a relação teórica daquele com Marx na interpretação de uma “posição proletário-revolucionária sobre o problema do Estado”, salientando que Lenin não fez uma abstração sobre a questão, mas levantou o problema a partir das tarefas dos trabalhadores que faziam o enfrentamento na luta de classes, tendo como eixo central a direção da tomada do poder. Na interpretação de Lukács, Lenin rompeu com o programa de uma teoria geral do Estado baseada em postulados diletantes e, pautado pelas análises concretas feitas por Marx sobre a Comuna de Paris, avançou no debate sobre a questão do Estado, como afirmei, a partir das con­tradições do momento histórico em que as lutas do proletariado se projetavam em um cenário em aberto. Transparece nos estudos de Marx, Engels e, principalmente, em Lenin – chamado à aten­ção por Lukács – que a questão do Estado é o objetivo que deve movimentar os trabalhadores nas tarefas cotidianas, e não apenas quando se apresentar o “objetivo final”.
Para Lukács, Lenin deu a importância devida ao papel do Estado no tempo presente, o que contribuía para educar os traba­lhadores em sua luta pelo poder. Mas isso ocorria, principalmente, porque ele acentuava em suas análises o papel do “Estado como arma da luta de classes”. Nessa contenda sobre o Estado, Lukács avança, antecipando um grande debate contemporâneo, ao sinalizar que os instrumentos de luta em curso (partido, sindicato e cooperativas) são, já naquele momento, “insuficientes para a luta revolucionária do proletariado”. A perspectiva projetada pelo autor é a construção de uma representação que unifique todo o proletariado às amplas massas, ainda dentro da sociedade burguesa, para pôr a revolução “na ordem do dia” – e, para ele, esse instrumento seria os conselhos operários.
Nas formulações de G. Lukács, os conselhos aparecem como “organização de toda a classe”. Eles devem agir para desorganizar “o aparelho de Estado burguês”. Nessa conjuntura de desorgani­zação, eles, enquanto representação de classe, deverão entrar em choque com a possível tentativa da burguesia de impor uma ampla repressão para recompor seu poder. É diante desse cenário que os conselhos operários se apresentam como aparelhos de Estado na perspectiva da “organização da luta de classes”. A partir de sua aná­lise sobre a Rússia em 1905, os conselhos “são um contragoverno” que enfrenta o “poder estatal da burguesia”.
É importante salientar ainda a crítica de Lukács a Martov: este último compreende os conselhos “como um órgão de luta”, sem necessariamente transformar-se em aparelho de Estado, enquanto, para o primeiro, essa posição afastaria os trabalhadores da revolução e da “real conquista do poder pelo proletariado”.
Nesse debate, surge uma polêmica sobre o papel do sindicato e do partido. Lukács criticou aqueles que queriam substituir de forma permanente esses dois instrumentos pelos conselhos, confundindo o entendimento do que seja, ou não, uma situação revolucionária. Ele afirma que o conselho operário, enquanto aparelho de Estado, “é o Estado como arma na luta de classes do proletariado”. Mas, para fazer a defesa dessa posição leniniana, Lukács ataca o reformis­mo oportunista e sua “capitulação ideológica à burguesia”. Ainda nesse debate, critica a ideia de democracia da social-democracia e seu projeto de “agitação pacífica” para a modificação da sociedade de forma não revolucionária, ao considerar que, para se chegar ao socialismo, as ideias dos trabalhadores irão num crescendo até a conquista do poder.
Os reformistas se mantêm no campo da “democracia pura, formal”, e se iludem com o voto do cidadão abstrato, considerado por Lukács como “átomos isolados do todo estatal”, na contramão das pessoas concretas, “que assumem um lugar na produção social, que seu ser social (que articula o seu pensamento etc.) é determi­nado por essa posição”. Dentro dessa temática (democracia), o crítico húngaro identifica o “domínio minoritário da burguesia” na “desorganização ideológica” para transformar a democracia pura e formal em um instrumento de regulação da vida social. Para responder a essa situação (desorganização), os conselhos devem ser reconhecidos como o “poder de Estado do proletariado”, ao passo que avançam para destruir “a influência material e ideológica da burguesia” sobre as massas. Garantir o contrafogo ideológico é contribuir para o surgimento de condições de direção do prole­tariado “no período de transição”. Agora o proletariado, tendo os conselhos como sistema de Estado, deve marchar para continuar destruindo a burguesia em todas as suas frentes.
Neste sentido, o sistema de conselhos, agindo de forma edu­cativa e autônoma, deve incentivar uma participação que articule “uma unidade indivisível entre economia e política, ligando, desse modo, a existência imediata das pessoas, os seus interesses cotidia­nos etc. com as questões decisivas da totalidade” e contribuindo assim para evitar a burocratização. Para Lukács, esse movimento do sistema de conselhos e do Estado proletário “é um fator decisivo na organização do proletariado em classe”, permitindo que, agora, o tornar-se consciente e classe para si se efetive.
Para Lukács, com base em Lenin, o Estado proletário é aber­tamente um Estado de classe, sem a farsa montada pela burguesia para transformar seu Estado em Estado de todos. Mais uma vez, esse debate teórico demonstra que a atualidade da revolução ainda hoje passa pela problemática do Estado e do socialismo. Portanto, os conselhos operários estão na gênese dessas possibilidades.


Milton Pinheiro é professor de Ciência Política da Universidade do Estado da Bahia (UNEB), tem diversos livros e artigos publicados. É editor da revista teórica Novos Temas.
György Lukács, Lenin – Studie über den Zusammenhang seiner Gedakem. Neuwied: Luchterhand, [1924] 1967, p. 57-68.

O socialismo, o idiota e a ideologia (resposta de Mauro Iasi a Arnaldo Jabor)

Por Mauro Iasi.
Este artigo é uma resposta a O “perigo vermelho”, de Arnaldo Jabor.
“Quando a gente mente, ou seja, coloca com astúcia alguma coisa que acontece com excessiva raridade ou nunca acontece, aí a mentira se torna muito mais verossímil

O Idiota, Dostoiévski


O Príncipe Liev Nikoláievitch Míchkin [personagem do romance O Idiota], exímio calígrafo, um pouco santo, profético e epilético, gosta tanto de suas idéias que por vezes, segundo um personagem seu amigo, “lhe dava vontade de ir para algum lugar, sumir inteiramente dali. (…) gostaria até de um lugar sombrio, deserto, contanto que ficasse só com os seus pensamentos”. Sempre foi um humanista, nutria uma profundo amor pela humanidade, apesar de sua hipossexualidade, mas a humanidade lhe parecia errada, grotesca, como uma projeção de sua baixa auto-estima.
Em uma carta, Hippolite [Hippolite Terentyev, personagem do romanceO Idiota]  declara que “no amor abstrato para com a humanidade, não se ama a ninguém, e sim a si próprio”. Assim era ele. Zeloso e heroico defensor da humanidade abstrata e inimigo declarado dos seres humanos. Disposto a morrer pela humanidade no ato heroico contra moinhos, ou preso à cruz para salvar os pecados dos homens, como um Quixote/Cristo crucificado entre dois ladrões diante de um mar de moinhos vitoriosos.
O príncipe Míchkin hoje se preocupa com o “perigo vermelho”, como um dia já se preocuparam os Czares, o Pentágono, os militares latino-americanos e os reacionários de toda ordem. Ele sofre, como o único que vê a verdade em uma terra de cegos e estúpidos. Suas prédicas morais não têm valor algum em si mesmas, nem originalidade. São expressão de sua (para usar uma categoria cara ao autor) burrice, tagarelices de um idiota.
Suas ideias nos servem, no entanto, para outro propósito, como um rico material para discutir os eficazes mecanismos da ideologia. Seguindo as pistas de Marx (o príncipe Míchkin propõe, como veremos, uma bibliografia alternativa e mais gabaritada) sabemos que a ideologia opera como um poderoso instrumento de dominação de classe por meio de mecanismos como a inversão, o ocultamento, a naturalização, a justificativa e a apresentação do particular como fosse universal.
*
Vejamos, então, seus principais “argumentos” para que possamos refletir sobre a profundidade abismal das alternativas que nos propõe.
Segundo Míchkin o grande problema do Brasil é que o ciclo dos governos petistas prende nosso país em uma anacronia. Isto é, ao invés de se ocuparem com as “reformas no Estado paralítico e patrimonialista”, só pensam no passado com “nostalgia masoquista de torturas, heranças malditas, ossadas do Araguaia” que, segundo o príncipe amargurado, os legitimaria.
Trata-se, segundo o juízo do nobre decadente, da insanidade de insistir em uma luta perdida de tempos ilusórios. Ele pode afirmar com segurança essa constatação porque “estava lá” e viu “o absurdo que foi aquela tentativa de revolução sem a mais escassa condição objetiva”. Entretanto, na opinião do talentoso calígrafo, a raiz desse equívoco é mais profunda: já nos primeiros anos do governo petista, Míchkin alertava para o perigo de “sovietização” do governo brasileiro e agora insiste no caráter “neobolchevique” do governo Dilma. E profetiza:
“É um perigo grave que pode criar situações irreversíveis a médio prazo, levando o País a uma recessão barra-pesada em 14/15. É necessário alertar à população pensante para esse “perigo vermelho” anacrônico e fácil para cooptar jovens sem cultura política. Pode jogar o Brasil numa inextrincável catástrofe econômica sem volta.”
Vejam: nós, que não fazemos parte da população pensante, doentes mentais de marxismo crônico e jovens sem a cultura política do príncipe Míchkin, estamos sendo manipulados pelo “neobolchevismo” que nos leva, sem que saibamos, para o abismo da crise “barra-pesada”. Essa sua espessa cultura lhe permite remeter aos ensinamentos históricos. Por exemplo, à situação alemã na qual o stalinismo satanizou a social democracia e abriu caminho para o nazismo, nos esclarecendo que o “PSDB da Alemanha”, para eles, era mais perigoso que Hitler. Nós que não somos parte da população pensante ficamos confusos diante do brilho desta sabedoria. O PSDB representa aqui no Brasil uma força reformista, com raízes no movimento sindical e operário(?), o PT uma reencarnação grotesca do bolchevismo stalinista(?)… então, quem são os nazistas? Bom… não perdemos tempo com coisas que nossa cabecinha não pode compreender. Deixemos o príncipe epilético continuar pregando, pois ele tem a solução:
“Temos que parar de pensar do Geral para o Particular, de Universais para Singularidades. As grandes soluções impossíveis amarram as possíveis. Temos que encerrar reflexos dedutivas e apostar no indutivo. O discurso épico tem de ser substituído por um discurso realista, possível e até pessimista.”
Eu sei, leitores jovens sem cultura, é difícil acompanhar o Míchkin em seus chiliques, mas ele começou a doutrinar metodologicamente agora. Vejam, ele estava falando de política, de economia, de história (ele estava lá e viu), todas áreas nas quais ele acumula uma sólida ignorância, e agora saltou para as bases teóricas e filosóficas daquilo que ele não entende. Um pouco atrás no artigo ele já havia se referido a Hegel e sua teleologia da história (que ele confundiu com “teologia”) segundo a qual na sua genial síntese “as derrotas não passam de ‘contradições negativas’ que levam à novas teses”. É certo que não há uma mera continuidade entre a visão de história de Hegel e Marx. É evidente que nem Hegel nem Marx fundamentam seu pensamento procedendo o caminho metodológico do Geral para o Particular, nem de Universais para as Singularidades. Mas o que sabem Hegel e Marx sobre seus pensamentos?
Desavisados acreditariam que o caminho do método para compreender o real e seu movimento, para Hegel e para Marx, seria do singular ao universal, por meio das particularidades. Mas deixemos de lado estas questões secundárias que só podem interessar àqueles que ainda se apegam ao trabalho doentio de estudar os autores por aquilo que eles de fato afirmaram. Voltemos aos ensinamentos do sábio.
Procedendo metodologicamente da maneira adequada que é sugerida (para facilitar o entendimento aos jovens incultos: abandone Marx e Hegel e volte a Kant, só para destruí-lo e refugiar-se em Nietzsche… agora é só passar para Lyotard) estaríamos aptos a abandonar certos preconceitos, como por exemplo a qualidade de “esquerda” que segundo o príncipe epilético é só uma “substância” que ninguém mais sabe o que é, servindo para enobrecer discursos. Segundo nosso profeta da amargura, devemos substituir “esquerda e direita” por “progressistas e conservadores”. Feito isso, teríamos que trocar de referencias, eis a sugestão de Míchkin:
“O pensamento da velha ‘esquerda’ tem que dar lugar a uma reflexão mais testada, mais sociológica, mais cotidiana [???]. Weber em vez de Marx, Sergio Buarque de Holanda em vez de Caio Prado, Tocqueville em vez de Gramsci.”
Lógico que por modéstia, o príncipe não seguiu suas sugestões para o campo da cultura, no qual teríamos que seguir as substituições, por exemplo, Julio Iglesias em vez de Atahualpa Yupanqui, Paulo Coelho em vez de Graciliano Ramos, ou mesmo, quem sabe, Jabor em vez de Fellini. Não, ele está preocupado com o Brasil. Para enfrentar as tarefas urgentes que evitem que caminhemos para abismo é necessário partir de cara assumindo o fracasso do socialismo real. E ele se pergunta: quem (além dele) tem peito para isso? O Socialismo é uma palavra, um dogma, que nos amarra a um fim obrigatório, esbraveja e lamenta, “como se tivéssemos que pegar um ônibus [de graça... perdão, não interrompo mais]… até o final da linha, ignorando atalhos e caminhos novos”. E conclui:
“A verdade tem que ser enfrentada: infelizmente ou não,inexiste no mundo atual uma alternativa ao capitalismo. Isso é óbvio. Digo e repito: uma ‘nova esquerda’ tem que acabar com a fé e a esperança – trabalhar no mundo do não sentido, procurar caminhos, sem saber para onde vai.”
Não é qualquer um que sugere caminhos sem saber onde vão dar, é preciso uma dose de coragem ou outra qualidade de caráter para isso. Para a marinha mercante seria uma catástrofe, mas para conduzir a humanidade, quem sabe, não é. O nosso idiota sai das gélidas paisagens da Rússia, passa pelas ensolaradas terras brasileiras ameaçadas pelo perigo vermelho e chega à Alemanha para fazer a troca. Deixa Marx e abraça ternamente a Max Weber, que lhe responde:
“Por muito diferente que fossem nossas opiniões sobre a configuração da ordem social futura, aceitamos para o momento presente, a forma capitalista. Não porque nos parece melhor diante das antigas formas, mas por considerarmos praticamente inevitável e acreditamos que as tentativas de luta radical contra ela nunca seriam um progresso, mas antes um obstáculo no acesso da classe operária à luz da cultura.”
(Max, Weber, Sobre a teoria das Ciências Sociais, Lisboa: Presença, 1979, p. 29).
Míchkin e Weber se abraçam em silêncio. Míchkin está emocionado, Weber não tem a menor ideia de quem é aquela figura. Aproveitando que estava por ali, o príncipe epilético vai até Viena tentando encontrar Freud – isso porque ele está convencido que precisamos alistar o pai da psicanálise na análise das militâncias –, mas não o encontra. Os conceitos da velha esquerda como “luta de classes”, “democracia burguesa”, “sectarismo”, “fins justificam os meios” e outros, deveriam ser substituídos por conceitos como “narcisismo”, “voluntarismo”, “onipotência”, “paranoia” e “burrice”. Vejam que o fato de que os conceitos da esquerda e da psicanálise sejam, digamos, um pouco mais sofisticados do que a síntese apresentada não incomoda nosso quixote da nova moralidade necessária.
“Somos vitimas de um desequilíbrio psíquico”, brada, quase derrubando o samovar e o bule de chá. Concordamos, parece-nos até evidente. Há estudos que tentaram diagnosticar clinicamente a epilepsia de Liev Nikoláievitch Míchkin, assim como a de seu criador (Fiódor Dostoiévski) como síndrome de personalidade interictal na epilepsia do lobo temporal – há dúvidas se no lado esquerdo ou direito (eu não tenho nenhuma: é no da direita). Algumas características de comportamento costumam ser associados à doença, tais como a hipossexualidade, a hipergrafia, o caráter antissocial, associados ou não à sintomas como paranóia, humor deprimido e hipermoralismo. Segundo um interessante artigo de Leonardo Cruz de Souza e Mirian Fabíola Studart Gurgel Mendes nos Arquivos de Neuropsquiatria, o príncipe Míchkim expressaria de forma brilhante no espectro literário os sintomas da doença de seu criador.
Freud, entretanto, tem outra opinião, para ele o trauma de odiar seu pai opressor e vê-lo sendo morto pelos camponeses desencadeou um processo psíquico de autopunição que levou à doença do escritor russo – patologia, portanto, de natureza histérica e não epilética. Mas nada disso nos interessa, porque da mesma forma que a história não nos serve como teoria (nem a economia, nem a filosofia), não será a psicanálise que terá algo a dizer. O que Freud queria mesmo dizer, mas não disse, talvez porque estava ocupado desenvolvendo a psicanálise, é que o “desequilíbrio psíquico” que aflige os nossos governantes (perigosos bolcheviques vermelhos) pode ser enquadrado nas categorias de “psicopatas e paranóicos simplórios”.
Freud, pelo que me lembro, não tratou disso, falou de enfermidades narcisísticas, as psicoses, dentre as quais a paranóia. Formas mais ou menos graves de cisão com a realidade. Mas isso não deve ser pertinente. Mais precisas são as categorias clínicas e políticas de “psicopatas e paranóicos simplórios”.
Falando em cisão com a realidade, nosso príncipe, já um tanto cansado de sua labuta para alertar as elites pensantes e velhos cultos, evoca Baudrillard que teria profetizado que “o comunismo hoje desintegrado se tornou viral”, isto é, seria capaz de contaminar o mundo, não por suas idéias e alternativas societárias (que teriam fracassado), mas “através de seu modelo de desfuncionamento e desestruturação brutal”.
Interessante ele lembrar de Baudrillard nesta sopa confusa de senso comum refinado com ácaros de cultura de bibliotecas estéreis. Não foi Baudrillard que disse “livre do real, você pode fazer algo mais real que o real: o hiper-real”? Nosso Míchkin navega nas pradarias do “hiper-real”. Agora entendi, tudo fica mais claro.
O príncipe epilético ainda tentou estabelecer uma conexão com o “eixo do mal” na America Latina, mas não desenvolveu. Estava exausto, e eu de saco cheio com tanta bobagem junta. Então, vamos aos finalmentes.
Como é possível ver, não há nada de novo nos argumentos e destemperos discursivos do autor. Entretanto, ele cumpre uma função precisa naquilo que de fato opera. Como dissemos, a ideologia opera através de mecanismos como a inversão, o ocultamento, a naturalização, a justificativa e a apresentação do particular como fosse universal. Vejamos.
Em primeiro lugar há uma clara inversão neste confuso discurso raivoso. O problema do Brasil é um governo de linha bolchevique, arraigado a dogmas do marxismo e da meta socialista que, por isso, não executa as “reformas necessárias” no Estado brasileiro (!!!).
Neste âmbito da “hiper-realidade” fica difícil seguir a análise. Os governos petistas aceitaram e assumiram a reforma do Estado nos mesmos moldes de seu antecessor e rejeitaram explicitamente qualquer nexo com a meta socialista que um dia defenderam, rendendo-se à forma capitalista como inevitável. Na inversão ideológica apresentada, o PSDB quer reformas e o PT é conservador e as impede.
O que fica oculto nesta artimanha é que, nos alerta o crítico, caso sigamos o caminho do “socialismo” iremos dar em uma “recessão barra-pesada”. Veja, tentando manter a sanidade, a crise que estamos enfrentando não resulta da opção por medidas ou formas socialistas de qualquer espécie, mas exatamente pela manutenção das formas capitalistas, do mercado e da perpetuação das relações burguesas de produção e propriedade.
A crise que estamos enfrentando não é culpa do socialismo, real ou imaginário. Se o socialismo fracassou e desapareceu como alternativa e a única alternativa possível é continuarmos no capitalismo, como professou Weber e não se cansa de repetir o Míchkin, como o socialismo pode nos levar para o buraco? Ah… é que ele, como uma ameaça viral, se impõe pelo seu “desfuncionamento” ou sua “desestruturação brutal”… Onde? Através de que políticas e ações governamentais?
Assim é fácil porque não precisamos encontrar a reposta no real – baudrillardamente, nos livramos do real. O autor é um militante imaginário, numa batalha imaginária contra um inimigo imaginário, e pior… está perdendo. Deve ser desesperador.
Toda essa engenharia imaginária acaba servindo para naturalizar uma determinada ordem, justificá-la. Filtrando toda a baboseira pretensiosa, destaco a única frase pertinente do artigo (pertinente pois expressa um juízo preciso do autor): “infelizmente ou não, inexiste no mundo atual uma alternativa ao capitalismo. Isso é óbvio”. Precisamente, nisso não há nada de óbvio. Dito de outra maneira, o argumento é o seguinte: se o capitalismo é inevitável o que atrapalha a humanidade são aqueles que ainda não perceberam isso e tentam insistir nas alternativas radicais para superá-lo. Com efeito, essa construção ideológica acaba por justificar o capitalismo e eximi-lo da catástrofe que a humanidade se meteu seguindo o caminho proposto por seus defensores. A ideologia aqui apresentada quer botar a culpa na gente!
Ao atacar o petismo como “neobolchevismo”, a critica capenga oculta as verdadeiras e necessárias alternativas, tenta desqualificá-las, antes mesmo que elas se apresentem. O PT é a expressão do pragmatismo que abandonou da meta socialista e revolucionária para construir uma estratégia de permanência no governo. Entender como bolchevismo a ocupação dos dez mil cargos de confiança por membros do PT é não entender o que é burocracia (que não foi inventada nem se restringe à experiência socialista). Já que o próprio autor propôs, eu tenho uma dica: vá ler Weber.
Por fim, não é a defesa da ordem capitalista, não é a sociedade burguesa… é a humanidade que precisa ser defendida, diz o príncipe angustiado. Não, não é. A ordem capitalista e os interesses burgueses foram devolvidos à sua particularidade, perderam a universalidade abstrata e restrita que um dia expressaram na fase revolucionária da burguesia. Capital e humanidade são hoje antagônicos, o que implica dizer que a sobrevivência de um ameaça a continuidade de outro.
Quando a solução era o capitalismo a história tinha sentido e objetividade, agora que chegamos ao capitalismo plenamente desenvolvido e o mundo, nas palavras de Adorno e Horkheimer, se assemelha a uma calamidade triunfal, devemos encarar que devemos “acabar com a fé e a esperança – trabalhar no mundo do não sentido, procurar caminhos, sem saber para onde vamos”! Bem vindo ao deserto da pós-modernidade.
Há uma alternativa para o Brasil e para o mundo e esta alternativa é anticapitalista e socialista. O que fracassou no Brasil foi o capitalismo real, aquele que estão nos impondo durante todo o século XX e início do século XXI sempre nos afirmando que agora vai. Não foi, e estamos escrevendo numa conta para o dia que este mundo vai virar. Se a ordem moribunda do mercado e do capital confunde sua existência com a da humanidade e quer arrastar-nos para a cova para a qual caminha, devemos nos desvencilhar de suas armadilhas ideológicas e recusar os conselhos dos profetas que nos empurram para o abismo para nos salvar da queda.
Não há esta passagem que vou citar no livro de Dostoiévski, mas depois que aprendi que posso me livrar do real, fiquei mais tranquilo em descrevê-la. O príncipe Liev Nikoláievitch Míchkin, em determinado momento, lamenta-se que as pessoas acham que ele é um idiota, mas não deixam de perceber sua grande inteligência. Neste momento, lá da realidade, sai um operário, entra na cena, atravessa a sala e colocando a mão no ombro de Míchkin, mais amistoso que violento, lhe diz com voz calma: Míchkin… você é um idiota!
***
Mauro Iasié professor adjunto da Escola de Serviço Social da UFRJ, pesquisador do NEPEM (Núcleo de Estudos e Pesquisas Marxistas), do NEP 13 de Maio e membro do Comitê Central do PCB

Filme sobre a vida de Antonio Gramsci no cárcere.


Importante para conhecer as condições em que os Cadernos foram escritos, bem como a evolução do pensamento de Gramsci no cárcere.

CLIQUE NO LINK ABAIXO PARA ACESSAR O FILME COM LEGENDAS EM PORTUGUÊS:



O filme se concentra nos anos em que Gramsci esteve preso, vítima da perseguição do regime fascista de Benito Mussolini. Acompanhamos a relação de Gramsci com os outros presos políticos, a sua posição crítica ao stalinismo, o célebre rompimento com Palmiro Togliatti, do partido comunista italiano, e, principalmente, a criação dos Cadernos do Cárcere, sua monumental obra de ciência política, que analisa a relação entre o Estado e a sociedade civil. 


CARACTERÍSTICAS: 
Ano de Produção: 1977 
Idioma do Áudio: Italiano 
País de Produção: Itália 
Sistema de Som: Dolby Digital 2.0 
Idioma da Legenda: Português



quinta-feira, 23 de janeiro de 2014

Os 30 anos do MST e a crítica do direito



Por Tarso de Melo

Por ocasião dos 30 anos do MST, nesta data, publico aqui (abaixo do desenho incrível de Niemeyer) o prefácio que escrevi para a segunda edição de Direito e Ideologia, livro em que reflito, a partir dos sentidos da função social da propriedade rural, sobre os limites do direito como instrumento de transformação social. Lá vai:

DIREITO E IDEOLOGIA: prefácio à segunda edição
É com muita alegria e alguma surpresa que apresento esta segunda edição de Direito e Ideologia. O livro, que reproduz a dissertação de mestrado defendida em 2007 na Faculdade de Direito da USP, tem me proporcionado diversas oportunidades de falar sobre o tema – pessoalmente ou por escrito – para grupos de diversas partes do país, estabelecendo relações muito ricas de debate e multiplicação das preocupações que caracterizam a obra e certo percurso militante a que ela pertence.
Decidi manter, também nesta edição, o texto como se tornou conhecido, porque acredito que nele se encontra o primeiro desenvolvimento de ideias que enfrentei no doutorado – a ser editado em breve sob o título Ambiguidade e Resistência – e, mais que tudo, ideias que pretendo continuar aperfeiçoando em novos estudos. É por esta razão que acresço à edição um novo prefácio, com o intuito específico de contrastar parte das reflexões de Direito e Ideologia com as conquistas que julgo ter feito no período de formação que se iniciou imediatamente após o mestrado.
A leitura atual do texto revela uma hesitação que pretendo ter superado: em muitos pontos, talvez nos principais argumentos da dissertação, tratei das possibilidades de usar o direito para a transformação social como um “isso ou aquilo”, caindo numa cilada característica de grande parte do debate marxista, para o qual algo – o direito, o Estado etc. – que é incapaz de realizar a completa transformação social não é digno de ser considerado do ponto de vista revolucionário. É sempre conservador.
Minha hesitação, então, devia-se ao fato de não perceber que entre essas duas possibilidades – a revolução e a conservação –, que podem ser pacificamente distintas do ponto de vista teórico, colocam-se outros elementos que a realidade histórica não permite desconsiderar. Afinal, não há nada que interesse mais à classe dominante do que a convicção dos dominados quanto à sua situação ser imutável, o que me faz – com Marx – valorizar as lutas sociais com todos seus erros e acertos.
Desse modo, aquela hesitação também se coloca entre o compromisso político e a perfeição conceitual, mas me parece, cada vez mais, que optar, aí, pela pureza teórica é tomar a via que sempre deveria ser atacada por um marxista. Marx jamais dormiria tranquilamente sabendo que chegou à conclusão de que a revolução é impossível, neste ou naquele momento, e, portanto, não há mais nada a fazer. Nele e nos mais radicais entre os marxistas, a pergunta “o que fazer?” nunca se contentou com uma resposta simplesmente teórica, ainda mais se esta resposta fosse “nada”.
Creio, neste sentido, que a pergunta que a crítica do direito deve fazer constantemente é: “o que fazer, contra o capital, com o direito?” – e aqui também não se deve aceitar como resposta um “nada”, pois equivaleria a assumir também uma posição prática conservadora, ainda que alimentada por leituras críticas. Entendo que, por mais que esteja com razão a teoria que denuncia o caráter conservador de quaisquer direitos, esta posição não pode servir à condenação das práticas concretas em que o direito sirva como instrumento para reivindicações políticas dos oprimidos.
Distinguir teoria e prática, neste ponto, é indispensável. Tomar o partido dos oprimidos, na prática, também é indispensável. Mas mais indispensável ainda é não permitir que as certezas da teoria impliquem uma postura que, em termos práticos, coincide com – e apenas com – o que interessa aos opressores no curso das lutas próprias ao desenvolvimento da sociedade burguesa, pois é certo que desistir das lutas pontuais multiplica as dificuldades para enfrentamentos mais amplos.
De certo modo, acho que tal preocupação une os trabalhos que escrevi até aqui e, não obstante a pergunta ficar mais simples a cada pesquisa, a resposta tem sido cada vez mais difícil, uma vez que a intenção de extrair algum sentido transformador do direito se depara, a cada época, com dificuldades novas que decorrem da capacidade da ordem burguesa de absorver até aquilo que é feito para sua contestação. Se esta é uma razão forte para descrer da tarefa, é também a prova de sua necessidade.
Entendo ter neste momento melhores condições de identificar para qual direção devo orientar minhas críticas. Acreditei, durante os anos de pesquisa para este trabalho, que o alvo das críticas deveria ser o discurso abertamente conservador com que se justifica a atuação da imensa maioria de nossas autoridades e juristas. No entanto, se este não deixa de ser um alvo importante, junto a ele deve ser colocado o desafio de abrir, no interior das teorias ditas progressistas e mesmo nas posturas mais críticas, novas formas de colocar o direito a serviço da transformação possível nos limites da formação social capitalista e, assim, tentar forçar tais limites.
Assumir este compromisso não exige abandonar a convicção de que o direito, como um todo, serve à reprodução do capital e que apenas em aspectos pontuais contraria os interesses dos capitalistas (direitos dos trabalhadores, tributação das atividades econômicas, regras públicas para o mercado etc.). Por mais que tais medidas contrárias aos interesses específicos de capitalistas individuais não signifiquem contrariar o capitalismo – pois protegem o capital de si mesmo – o que defendo é que a luta contra o capital passa por essas medidas paliativas.
Do ponto de vista teórico, a primeira mudança significativa é abandonar um vício da teoria jurídica que mesmo os críticos, talvez inadvertidamente, conservam. Refiro-me a considerar que o momento de produção de normas jurídicas – no legislativo e na aplicação judicial – é o ponto crucial para compreender o direito. Esta é uma abordagem comum mesmo a alguns marxistas, que talvez por isso incorreram em simplificações perigosas da relação entre direito e realidade social.
Ao repetir a abordagem tipicamente positivista – que, para um autor positivista, cai como uma luva –, a crítica do direito condena a si mesma a trabalhar com um número limitado de questões, enfrentando o inimigo em seu terreno e segundo suas regras. A concepção de que o direito é um conjunto de normas que tem por destino último chegar às mãos dos juízes, que extraem da norma geral a decisão para o caso particular, deve ser a primeira construção a ser desfeita pela crítica.
Interessa-me, neste sentido, pensar o potencial que os direitos assumem em contextos mais amplos do que o dos tribunais e fóruns, principalmente como marcos políticos que grupos sociais, em determinados momentos da história, reivindicam na forma de direitos, visando melhorar suas condições existenciais. Não tanto pelo que significam tais direitos para a sociedade em geral, mas para um determinado grupo que vislumbra nos direitos a oportunidade de melhorar concretamente sua vida.
É com esta intenção que estudei o caso específico da luta pela terra, pois não me parece possível entender o fato de termos inscrito um programa de reforma agrária em nossa Constituição separadamente da luta concreta de movimentos sociais por medidas que correspondem, na realidade do campo, ao que diz o texto constitucional. Reduzir – como reconheço ter reduzido em certas passagens da dissertação – a luta pela reforma agrária a uma luta pela efetivação de um direito diz muito pouco sobre as complexas interações que surgem quando pessoas se organizam para lutar.
Talvez pelo preponderante caráter jurídico do instituto da função social da propriedade, minhas indagações muitas vezes foram levadas às estreitas questões da teoria do direito e posso ter negligenciado a problemática à qual estão entretecidas as reivindicações dos movimentos sociais. Que o MST, por exemplo, não se deixe converter em algo “jurídico”, resistindo à formalização do movimento social como uma organização política, é exemplar do tipo de consciência que também ao crítico do direito é apropriada. O vício do jurista, acima referido, faz com que somente consiga pensar sobre o MST como sujeito de direito, participando de relações jurídicas cujo traçado é todo dado por normas e, inevitavelmente, desembocam em duas “gavetas”: licitude ou ilicitude. Não há nada fora delas – e o jurista se realiza quando domina (ou é por ela dominado) a técnica de encaixar nessas gavetas tudo quanto existe.
Servil ao direito e à sua forma de lidar com a realidade, a consciência do jurista – e, de certo modo, boa parte da consciência social que por ela é contaminada – aceita tranquilamente a criminalização de todos os atos que os movimentos sociais praticam e, sem os quais, não teria razão nem condições de existir. Diante disso, visando blindar sua forma peculiar de proteger os desequilíbrios sociais próprios do capitalismo, a teoria jurídica burguesa acusa qualquer pensamento crítico de cometer simplificações que são incompatíveis com a riqueza das categorias jurídicas. Este livro não é uma resposta a esta acusação, mas talvez seja a sua confirmação, tendo em vista que fiz questão de romper com as compartimentações típicas da dogmática jurídica, que tudo solucionam juridicamente para não solucionar na realidade. Minha missão é outra.
Por fim, devo dizer que tenho por certo que a questão agrária não perdeu sua atualidade. Pelo contrário, o fato de que seja crescente a dificuldade da luta pela terra (basta ver como se tornou comum matar lideranças do MST) denota a necessidade de continuar promovendo debates e ações que visem modificar a forma como se organizou historicamente a propriedade rural em nosso país, com suas consequências para a concentração da riqueza, a produção de alimentos, a preservação ambiental etc. Se, com as palavras que coloquei nas próximas páginas, puder ser útil para essa luta, terei dado algum sentido para os anos de estudo até aqui. E daqui em diante.

Direito e ideologia – um estudo a partir da função social da propriedade

Autor:

Tarso de Melo

ISBN:

978-85-7743-105-2

Número de páginas:

192

Sinopse:

A presente obra faz interessante estudo do direito como instrumento de manutenção da situação econômica e social vigente. Isso porque o Direito, embora por vezes portador de um discurso transformador - como é o caso do artigo 3o. e seus incisos, da Constituição Federal brasileira, que prevêem a construção de uma sociedade livre, justa, e solidária, bem como a erradicação da pobreza e da marginalização e a redução das desigualdades sociais e regionais, serve sim como instrumento para a manutenção do poder econômico pela elite brasileira.A importância e a distinção da presente obra estão na análise do Direito e das mobilizações sociais, sob a ótica da transformação da realidade, bem como no fato de conjugar a interpretação do Direito e da luta social, insistindo na máxima de que "a luta faz a lei".Este livro é leitura obrigatória para quem deseja utilizar o instrumento adquirido ao longo dos estudos nos bancos universitários em prol da luta dos camponeses brasileiros, bem como na defesa da interpretação constitucional da sua função social. A posse, conforme bem lembra o autor, na propriedade rural, só pode ser protegida quando cumprir os requisitos do artigo 186, da Constituição Federal.As lições aqui expostas, diga-se de passagem, com brilhantismo e profundidade, trazem luzes a este tema tão polêmico  tão apaixonante: a função social da terra e o Direito como ferramenta de luta para transformar a realidade.Juvelino Strozake